Blog de la Red Mexicana de Cuencas

Determinante para el suministro de agua de la zona metropolitana del Valle de México, la presa de Valle de Bravo y la subcuenca que la alimenta se ven afectadas cotidianamente por los cultivos de papa, que tienen graves impactos en el suelo y los cuerpos de agua, pero que representa una oportunidad productiva para la población marginada de las zonas altas.

El embalse más grande del Sistema Cutzamala: la presa de Valle de Bravo, se recarga de una subcuenca de 531.5 km2, un espacio que bien puede ser el reflejo de todo México, con habitantes que figuran entre las personas más acaudaladas del país, y por otra parte, grupos con altos grados de marginación y pobreza.

La presa de Valle de Bravo tiene una capacidad de almacenamiento cercana a los 400 mil millones de litros, lo que representa el 44 por ciento del total todas las presas que integran el Sistema Cutzamala. En promedio, la subcuenca Amanalco-Valle de Bravo aporta 4,500 litros por segundo a las zonas metropolitanas de Toluca y del Valle de México.

La presa fue originalmente construida para la generación de electricidad en los años 30’s y desde 1985 fue integrada al Sistema Cutzamala para garantizar el abastecimiento de agua potable de dos de las zonas metropolitanas más importantes del país. Este aporte de agua se ha vuelto indispensable para dichas zonas metropolitanas, tan sólo en 2018 un cese en la operación del sistema puso en una situación de alarma a la Ciudad de México.

Al recorrer la subcuenca desde sus partes más altas, de vocación esencialmente rural, hasta la zona baja, donde se concentra la población urbana en la cabecera municipal de Valle de Bravo, es posible percibir grandes diferencias sociales. De casas sin acceso a agua potable y drenaje, hasta ostentosos ranchos privados y lujosas residencias a la orilla de la presa.

Marginación y falta de oportunidades

Como es común, en las zonas altas de la cuenca suelen presentarse altos niveles de marginación, escasas posibilidades productivas y cuerpos de agua de menos tamaño. En estas zonas altas se encuentran localidades como Turcio, Potrero o Laguna Seca, donde desde hace unos años ha empezado a proliferar la renta de las tierras para la producción de papa.

Para los productores de la zona, rentar sus tierras para este tipo de producción es una opción mucho más rentable que mantenerse en la producción de maíz, que tiene rendimientos cercanos a las dos toneladas por hectárea y un precio en el mercado que difícilmente rebaza los $4,000 pesos por tonelada.

A decir de los agricultores de la subcuenca, el cultivo de maíz no genera beneficios comerciales, se produce para el autoconsumo o para alimentar los pocos animales que tienen. Aún sin considerar el alto contenido de trabajo que requiere producir maíz, a veces ni siquiera los costos de producción pueden recuperarse con el precio tan bajo que tiene ese cereal.

Por ello los dueños de la producción de papa han encontrado aquí condiciones ideales, pues al pagar rentas que pueden ir de los $6,000 a los $12,000 pesos por hectárea cultivada sobran propietarios que prefieran poner su tierra en renta que arriesgarse a producir maíz, avena, haba o cualquiera de los productos que predominan en la zona.

Los impactos del cultivo de papa

Los daños radican en la forma en la que se cultivan estas grandes extensiones de papa, que suelen atravesar las curvas de nivel y con ello favorecer la erosión del suelo, a la vez que requieren de un uso intensivo de agroquímicos: fertilizantes e insecticidas, mismos que van a los cuerpos de agua y terminan abonando a la fertilización y eutrofización de la presa.

Aunado a las pocas posibilidades productivas de las zonas altas de la subcuenca, está el escaso acceso a servicios tan elementales como el agua potable. La mayoría de las localidades de esta zona requieren de bombeo, lo que les implica un elevado gasto en electricidad, hasta de $200 pesos mensuales por casa; de otro modo deben recorrer largas distancias acarreando agua.

En tales condiciones es comprensible que los productores se vean obligados a rentar su tierra para la producción de papa. Están conscientes de los efectos negativos que esta producción tiene en sus parcelas, no sólo por la erosión, también por los efectos que los agroquímicos tienen en el ambiente y en su salud, pero dicen no tener otras opciones.

De acuerdo con autoridades del ayuntamiento de Amanalco hay cerca de 2,000 hectáreas dedicadas a la producción de papa repartidas entre distintas localidades.

Casos de ganado envenenado al abrevar en los ríos o incluso granjas enteras de trucha muertas han dejado constancia de estos daños. Los contaminantes de esta producción llegan hasta el vaso de la presa y de ahí se trasladan al Sistema Cutzamala, reduciendo la calidad del agua e incrementando los costes de tratamiento y potabilización.

Los costos de mantener a estos productores en la marginación que los orilla a realizar actividades que dañan el suelo y los cuerpos de agua pueden valorarse por millones, y seguramente tales costos podrían irse multiplicando en el futuro si es que no se actúa con la efectividad que requiere; tan sólo por lo que esta subcuenca representa para el suministro de agua de las zonas metropolitanas.

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